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Regencia y exaltación del Sol: el sendero del héroe

POR Silvia Ceres

Cada relato heroico presenta -más allá de los rasgos propios del protagonista y su aventura- un núcleo estructural común. Desprendido de su entorno por alguna circunstancia inmanejable -en general superior a la voluntad de sus padres- es adoptado y criado en un medio aristocrático, y en cierto momento de la vida retorna a su lugar de origen para encontrarse con la escena que lo constituirá como héroe.

Pensemos en Moisés, por ejemplo. Los hebreos viven en Egipto en estado de esclavitud y servidumbre. No contento con ello, el Faraón dio la orden de matar a todos los varones que nazcan. Un niño de la tribu de los Leví fue escondido por su madre durante tres meses, pero no pudiendo ocultarlo más, fue echado al río en una cesta. Allí será recogido y criado por la hija del Faraón. Luego de numerosas vicisitudes, recibe un mandato superior: ponerse a la cabeza de su pueblo y llevarlos de retorno a Canaán, la Tierra Prometida.

Veamos qué pasa con Edipo, un mito indo - europeo, diferente al de Moisés, que pertenece a la tradición semítica. No obstante, pueden reconocerse los rasgos estructurales mencionados al principio.

Layo, rey de Tebas desposa a Yocasta. De la unión nace Edipo, quien, al decir del oráculo de Delfos, matará a su padre y se casará con su madre. Desafiando al destino, Layo ordena dejar al niño abandonado y condenado a una muerte segura. El sirviente se compadece de la criatura y lo entrega a unos pastores y así llega hasta Corinto, donde se cría como hijo del rey Pólibo. Siendo ya un adulto, Edipo consulta al oráculo que reitera su profecía. Decide partir de Corinto y no ver más a quien cree su padre. Camino a Tebas, se cruza con unos hombres, discute con el jefe de ellos y lo mata.

La ciudad se encuentra asolada por la Esfinge quien propone un enigma que nadie dilucida. Edipo la enfrenta, le responde, la vence, se acaba la hambruna, se casa con la reina y termina de cumplir con la profecía del oráculo, ya que por el camino mató a su padre y se casó con su madre.

Sin duda existen muchos otros ejemplos de relatos del héroe que parte, ignora quién es, es criado como príncipe y luego retorna a sus orígenes.

¿Pero qué tiene que ver este periplo con la regencia y la exaltación del Sol?

Numerosos textos afirman una y otra vez la relación existente entre el recorrido zodiacal del Sol y el mito del héroe.

Ahora bien, si observamos el signo de su regencia -Leo-, veremos que el signo anterior, el que deja detrás es Cáncer, regido por la Luna. De manera que aquí podría verse la primera parte de la constitución del personaje heroico: alguien que da la espalda a su origen -Cáncer- e ignorando su pasado -Luna- comienza a afirmarse en un lugar regio.

Como metáfora de Leo -domicilio del Sol- es bastante explícita. Dejar atrás las sombras, las ambigüedades, el mundo subjetivo y emocional de la Luna para tornarse un ser luminoso, claro, seguro de sí y de su destino. Soy el que soy, dice quien ha perdido su sombra.

Nueve signos más adelante, encontramos la exaltación del Sol en Aries. Interesante número de cierre de ciclo y retorno al cero: nos recuerda el lapso de un embarazo y el significado de la casa astrológica de igual número -búsqueda trascendente, filosofía, religión, valores de vida, ligazón a lo Absoluto-.

Pero en la exaltación, las luminarias invierten su orden, primero se ubica el Sol -Aries- y luego la Luna -Tauro-. De manera que la búsqueda trascendente del héroe se relaciona con retornar conscientemente a su origen y cumplir con su destino -como Edipo- o con el mandato de Dios -como Moisés-.

Ahora bien, el paso siguiente plantea utilizar lo dicho hasta aquí para perfilar mejor la diferencia entre regencia y exaltación, asunto que hace tiempo los textos astrológicos han dejado de definir, y que en lenguaje coloquial se resuelve fácilmente diciendo que el planeta tanto en una posición como en la otra "está bien" o "está cómodo".

Ciertos autores tradicionales sostienen que la exaltación hace que el planeta se manifieste a través de acontecimientos que llegan antes de tiempo, o superan al individuo, o lo hacen relacionarse con gente de "jerarquía superior". Resumiendo: el planeta exaltado produce sucesos interesantes pero algo forzados, tensos.

Sin duda, Moisés o Edipo deben haber pensado que se habían encontrado demasiado pronto con su desafío, que la situación los superaba, que habían conocido personas de jerarquía superior, como Jehová o la Esfinge.

Claro que quienes definían así la dignidad planetaria no pensaban en el periplo del héroe, sino en que el planeta en exaltación está algo forzado por no ser el dueño absoluto del lugar y aunque sea un invitado de honor, queda sometido a los designios de su anfitrión, el regente del signo, que sí es "como un señor dueño de su finca, de su hacienda y sus sirvientes".

Una perspectiva diferente presenta Elmer Bacher. Sostiene que el planeta se enriquece al no poseer un poder absoluto, se pule en contacto con el dueño del signo, se socializa. En sus palabras "es fuerte pero maduro" mientras que en domicilio, el planeta "es fuerte e impetuoso", con riesgo de ser arbitrario y demasiado seguro de sí, agregaríamos nosotros.

Tal vez, sería pertinente decir que la exaltación otorga al funcionamiento planetario un cierto tinte saturnino de delimitación, mientras que el domicilio concede un matiz jupiteriano de poder y plenitud.

El Sol en Aries sabe que su poder está subordinado a Marte y que el verdadero poder depende de constituirse como individuo independiente, obligado a hacerse cargo de sí mismo.

La Luna en Tauro no pertenece a su entorno como en Cáncer, sino que elige -función netamente venusina- pertenecer a sus raíces, nutrirse de su historia y su pasado.

Las luminarias en domicilio son viajeros que inician su periplo, plenos de entusiasmo, mientras que en la exaltación, están retornando con la experiencia y la madurez que otorga un largo viaje.

Autor: Silvia Ceres
silviaceres@gente-de-astrologia.com.ar

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