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Mito, astrología y videncia en la figura de Tiresias

POR Ani Zetina y Jorge Bosia

En la mitología griega hay diversos adivinos, chamanes, y sabios; pero proba-blemente el más conocido sea Tiresias, “...famoso por la verdad de sus horóscopos y la prudencia de sus consejos".

Estudiar la figura tan peculiar de Tiresias nos permitirá echar luz sobre una de las cuestiones más controvertidas de nuestra época (y tal vez de todas las épocas): la de la “videncia” o “adivinación”.

¿Quién es Tiresias?

Tiresias devela la verdad a Edipo, responde a las inquietudes de Ulises en la Odisea, y profetiza acerca de las condiciones de vida de Narciso, por sólo citar algunos de los mitos más conocidos en los que interviene. Pero, antes que nada, exploremos su nombre y el de sus padres, pues en el nombre está conte-nido el destino.

El nombre 'Tiresias' hace referencia, en su sentido etimológico, a "los as-tros", lo que concuerda con su reconocida profesión de astrólogo.

En el nombre de sus padres hallaremos, por otra parte, una serie de sig-nificados que lo conectan con las ideas de "armonía y conciliación".[1]

En efecto, los padres de Tiresias se llaman Everes y Cariclo. 'Everes' puede traducirse por "manejable", "adaptable", “receptivo”. Por su parte, 'Cariclo' significa "la expresión de la gracia".

De modo que Tiresias es hijo (es decir, fruto) de la receptividad y la gracia. Puede decirse que Tiresias expresa un aspecto del momento de apertura al otro y de conciliación de los polos complementarios. Las tradiciones espirituales resaltan que el equilibrio –inestable, por cierto- de los polos complementarios es uno de los indicadores de una vida sabia. Para apoyar la comprensión de esta última afirmación podemos valernos de ciertas analogías con la puesta de Sol. La puesta del Sol supone el transcurso completo del día: es el momento en que se puede decir que se ha visto todo lo que había que ver y se hace necesa-rio un período de introversión (sueño) y metamorfosis que permita captar las cosas desde otro punto de vista. El delicado equilibrio que supone este momen-to, lo emparenta con la noción de paz –fruto de la armonía de los opues-tos/complementarios. También se puede asociar esta cualidad que representa nuestro personaje con el fenómeno de la luna llena, en la que los dos astros (Luna y Sol) parecen observarse mutuamente y la luna logra brillar en su máximo esplendor, pareciéndose al propio sol.

Tiresias es acreedor, pues, de una herencia de sabiduría y armonía. representada en la figura de sus padres.

Esta doble referencia: a los astros, y a la conciliación de los opuestos no es casual. En efecto, el cielo funciona como una imagen en movimiento de la totalidad, en él se reúnen todos los pares de polos opuestos simbolizados en las 12 estaciones del Zodíaco, ésta es la intuición fundamental que da pie a la po-sibilidad del saber astrológico.

Sabemos, además, que Tiresias era ciego. Se cuentan dos historias sobre la ceguera de Tiresias.

En una de ellas se nos dice que Tiresias observó cierta vez desnuda a la diosa Atenea. Como esto no era permitido, Atenea lo habría cegado.

Para comprender este episodio debemos entrar, aunque sólo sea someramente, en la personalidad de Atenea. Esta diosa simboliza, para decirlo rápi-damente, a la conciencia humana en su capacidad de estar despierta o plenamente atenta.

Ahora bien, la conciencia atenta es andrógina, no es ni masculina ni femenina o es ambas cosas, pues la plena atención se caracteriza precisamente por la capacidad de tener en cuenta a ambos polos. No es lo mismo en el caso del estado cotidiano de conciencia en el que nos hallamos por lo común, esto es: un tipo de conciencia que ha sido denominado por muchos sueño o somnolencia [2].

Representando pues Atenea a este estado depurado y activo de conciencia, se explica la “prohibición” de verla desnuda, así como el “castigo” que aplica la diosa a Tiresias. Pues hace a la naturaleza del ser humano el que no podamos tener esta visión unificada con los ojos del cuerpo.

Hay otros indicios que apoyan esta interpretación: considérese que, aunque tenga un nombre femenino y una forma femenina, Atenea suele aparecer vestida con los atributos de un guerrero: casco, lanza, escudo o espada, etc. Esta es su figura, y no olvidemos que para los griegos anteriores al Helenismo, la “figura” (en griego “éidos”) es una forma de referirse al ser de las cosas. Por otra parte, Atenea nace de la cabeza de Zeus ya completamente armada y lan-zando un grito de guerra. Esto es: no es parida por una mujer, pues al momen-to de nacer, su madre, Metis, ha sido tragada entera por Zeus y habita en el interior del dios: nuevamente tenemos aquí el motivo de la androginia. No se nos dice directamente que sea andrógina, pero nunca en los mitos se nos dice algo directamente, pues los mitos se valen del recurso de la alusión y la indica-ción. Se dice más bien que es virgen; pero, en realidad, tenemos serios motivos para sospechar que el “secreto” que rodea a la desnudez de Atenea reside en su naturaleza andrógina. Y esta androginia, repetimos, consiste en que es una figura que simboliza una cualidad de la conciencia en la que se hace patente la unidad de los opuestos.

Pero podríamos preguntarnos: ¿siendo esta capacidad de la conciencia preferible a la habitual y somnolienta unilateralidad, porqué la prohibición de verla desnuda?
Se trata en realidad de una disyuntiva: o se “ve” la unidad de los opues-tos al par que se pierde la vista, o bien se conserva la vista polarizada. La experiencia de la visión de la unidad de los polos termina con la ceguera consiguiente. No es un castigo, es una cuestión de necesidad. Por tanto hay dos “miradas”: una, que se asocia a la visión de los ojos y cuyo resultado nos da siempre una parte de la cosa; la otra, que nos da la síntesis o unidad. La pri-mera excluye a la segunda. La segunda supera a la primera.

Por eso, una vez que ha visto “desnuda” a Atenea, Tiresias ya no necesita aquella mirada que el mito simboliza con la de los ojos; dispone ahora de una especie de “ojo” nuevo capaz de comprender la unidad de los polos, un ojo interior, invisible.
Nosotros suponemos, pues, que lo que Tiresias logra ver es la unidad de los polos en la claridad de la mente plenamente despierta (= Atenea desnuda). Y

es coherente entonces que esa visión implique la superación de la que simboli-zaba la visión sensible: un pensamiento que siempre nos presenta las cosas polarizadas, divididas en oposiciones.
Que la unidad de los polos no se puede ver con los ojos quiere decir que no se puede captar con el operar binario de la mente; se llega a ella con otro “órgano”. Y así como el mito ha utilizado a la vista como una metáfora de la mente binaria, bien podemos usar, como metáfora de la mente trinaria o supe-rior, la del “tercer ojo”. No un “super-ojo”, sino precisamente el tercer ojo. Pues-to que al ser un tercero, implica y supera a la vez a los otros dos.
Esta interpretación del episodio entre Tiresias y Atenea resulta confirma-da -pensamos- por la otra historia que explica la ceguera de Tiresias, la cual consta, a su vez, de dos partes. En la primera se cuenta que cierta vez iba Tire-sias caminando por un pastizal cuando observó a dos serpientes copulando. Esta visión tuvo el efecto sorprendente de transformarlo instantáneamente en una mujer, de modo que como tal vivió a partir de entonces. Pero al cumplirse siete años de aquella extraña metamorfosis ocurrió que nuevamente se hallaba en el campo y volvió a ver a dos serpientes en la misma situación. Esta segun-da observación le devolvió el sexo masculino.
De modo que Tiresias era el único ser humano que había sido hombre y mujer en una misma vida. Como se puede apreciar, en este episodio también se nos habla de la posibilidad de unir los opuestos complementarios: y no de hacerlo sólo exteriormente, sino de la posibilidad de experimentar los dos polos, de vivirlos y conciliarlos en una misma existencia. Como hemos indicado antes, esta es la cualidad esencial “heredada” por Tiresias de sus padres.
En este punto alguien podría objetar que en este segundo episodio Tire-sias, a pesar de haber experimentado los dos polos, conserva su capacidad de ver. Sin embargo, viene a completar la interpretación la segunda parte de la historia. En efecto, siendo que Tiresias tenía esta cualidad peculiar de haber sido hombre y mujer, ocurrió cierta vez que estaban en el Olimpo Hera y Zeus discutiendo, como solía suceder, (quizá tomando unos mates de ambrosía). El tema de la discusión era comprometido: disputaban apasionadamente sobre quién gozaba más en el amor, el hombre o la mujer. La cuestión se había origi-nado, como de costumbre, en una de las rabietas de Hera a causa de las aven-turas de Zeus. Éste aducía cierto dudoso derecho al adulterio, fundándose en que, a su juicio, la mujer gozaba más en el sexo. Hera, en cambio, afirmaba que era el hombre quien más placer obtenía del lance erótico. En eso estaban cuando Zeus, recordando la peculiar experiencia bisexual de Tiresias, tuvo la ocurrencia de proponerle a Hera que lo llamasen para comparecer ante ellos.
-¿Qué te parece si lo llamamos a Tiresias, que vivió como varón y como mujer suficiente tiempo? Es el único que nos va a poder dar una respuesta cer-tera a partir de su propia experiencia- pudo decirle Zeus en aquella ocasión.
Y a Hera le pareció adecuado, de manera que lo llamaron y le hicieron la crucial pregunta.
Tiresias, sin dudar, contestó: -la mujer goza nueve veces más que el hombre-, con lo cual le dio la razón a Zeus.
Hera masticó su rabia; pero la diosa no era alguien a quien se podía con-tradecir tan fácilmente, de modo que cuando Tiresias se alejaba lo dejó ciego en venganza por no haberle dado la razón. Cuando Zeus se enteró, poco tiempo después, y para compensarlo, le otorgó a nuestro héroe el don de la videncia.
Como vemos, el periplo es el mismo en las dos “explicaciones” que la mi-tología nos da sobre la ceguera de Tiresias. La experiencia de la unidad “se pa-ga” con la “pérdida” de la mente polarizada -representada en el relato por la visión de los ojos-; pero implica la posibilidad de abrirse a otra visión, la que suele aparecer como “videncia”.
Nos interesa destacar ahora este último acto “reparador” de Zeus. Sobre todo porque efectivamente Tiresias tenía fama de “vidente” –es decir: de ser “aquel que ve” lo que otros no pueden ver-. Observemos que entre los dos epi-sodios el orden es inverso: en el de Atenea, primero se da la videncia y luego la ceguera; en el de la pareja Olímpica sobreviene primero la ceguera, y luego se produce la videncia. Esta diferencia es valiosa como testimonio de que no nos estamos moviendo en el terreno de las causas y los efectos, ni, por tanto, en el de la sucesión temporal, sino en el de las relaciones simbólicas y la sincronici-dad.
La otra cuestión que nos interesa resaltar es que este último episodio de-ja muy en claro el asunto de la “videncia”, la que queda así correctamente equiparada con la capacidad de abarcar o sintetizar los opuestos.
En el mito Tiresias ha tenido una preparación para ser capaz de ver la armonía de los opuestos: su experiencia como varón y como mujer en una misma vida. Por tanto, esa es la preparación: entrenarse en sostener los opues-tos en la mente. Sobre la base de esta preparación -que es una experiencia de vida- el “vidente”, es capaz de ver el “otro polo” de las situaciones y de las per-sonas; precisamente aquel polo que los propios involucrados son incapaces de abarcar por estar unilateralmente identificados con el otro lado.
De allí surge la videncia de Tiresias: ve los dos polos, los otros sólo uno de ellos.
Esto es lo que él ve no con la mente común, binaria y conceptual; sino con la mente atenta, abierta a la trinariedad, y lo que le permite, teniendo la visión completa, saber hacia donde conducirá, tarde o temprano la situación planteada.
Pues -y esta es una hipótesis esencial-, hay una armonía subyacente en el Cosmos que hace que toda unilateralidad se equilibre en algún momento, deviniendo hacia la unilateralidad que la complementa. Un juego pendular que sólo se puede captar si se es capaz de ver ambos extremos.
Para esta tarea de captar los dos polos de una situación cualquiera, Tire-sias dispone de la ayuda de “los astros”; en los que se puede ver una especie de síntesis “celeste” de los diferentes juegos de polos que se dan en la vida “terres-tre”-eso es la Carta natal-. Con esta herramienta Tiresias es capaz de com-prender las situaciones que se le plantean.
Estas son las dos historias que se cuentan para explicar por qué Tiresias se habría quedado ciego. Se entiende ahora porqué afirmábamos que el secreto de Atenea debía ser la androginia. Si esto fuera así, los dos relatos son equiva-lentes. En los dos casos el punto clave es que nuestro héroe ha tenido la apre-hensión y la experiencia de la unión de los polos opuestos, ha logrado reunir en una sola experiencia la polaridad y esto implica superación de la mente bi-naria simbolizada por la vista.
Insistamos sobre la cualidad de “vidente” del “no-vidente” Tiresias.
La característica que tiene Tiresias, por la cual es “vidente”, es que tiene una visión unificada, tiene una visión holística, no polarizada. Esa visión es lo que lo hace sabio y “adivino”. Su sabiduría o videncia o adivinación ha de en-tenderse de la siguiente manera: siendo capaz de ver la totalidad de una situa-ción tiene lo que a los otros, que están inmersos en la situación, les falta; ve lo que los otros no ven, es decir, el todo de la situación.
Ni siquiera Zeus y Hera se podían poner de acuerdo y lo llaman a él, por-que había experimentado la totalidad bajo la forma simbólica de las experien-cias opuestas y complementarias de lo masculino y lo femenino.
Pero, ¿por qué podía “adivinar” el futuro? Esto es muy interesante, tiene que ver con la verdadera comprensión de la astrología y con lo que es, en reali-dad, la adivinación. Él adivina el futuro porque, por un lado, capta la totalidad; pero también, por otro lado, ve que los que están dentro de la situación sólo perciben una parte de ésta; para ellos sólo se está manifestando un polo. De modo que Tiresias, teniendo estos dos datos, sabe que, tarde o temprano al que está viendo unilateralmente las cosas y actuando en consecuencia, se le va a manifestar el otro polo, el polo que no ve. Lo que él predice es esto, predice el retorno futuro e inevitable del otro polo que, sediento de equilibrio, se va a pre-sentar. Ese retorno al equilibrio, que se desarrollará en el tiempo, Tiresias lo “ve” en el presente, en el instante, que es la única puerta abierta a la eternidad.
Ahora se comprende porqué Tiresias es hijo de dos personajes cuya cua-lidad central es la capacidad de armonizar: se está poniendo siempre de mani-fiesto la necesidad de cada polo de dar paso, inevitablemente, al otro. Así, cuando alguien se encuentra polarizado ante una situación -como estamos todos en nuestra vida habitual-, y le hace una pregunta desde su unilaterali-dad, desde su polarización, Tiresias no hace otra cosa que mostrarle el otro po-lo, aquello que el que pregunta no es capaz de ver y que en algún momento fu-turo se va a manifestar para que la situación retorne a su equilibrio. Esto es lo que a aquel que ha hecho la pregunta le parece “adivinación del futuro”.
Se suele ver a los astrólogos como adivinos; lo cual no es erróneo siempre que se entienda por adivinación o videncia lo que desarrollamos aquí. Pues lo que hacen los verdaderos astrólogos con su instrumento principal, el mapa del cielo natal, es exactamente lo que hacía Tiresias. En una carta celeste natal está graficado todo lo que una persona o una situación implican o encierran. Cuando el astrólogo detecta que una persona se inclina hacia un polo de sí mismo, puede “ver” que tarde o temprano, se enfrentará con el otro lado de sí mismo, es decir: con el polo que excluye. Si el astrólogo le pone en evidencia a esa persona este aspecto “invisible” -que tendrá una manifestación “futura”, entonces parecerá un “adivino”, pues parecerá que “ve” el futuro, o parecerá “vidente”, pues parecerá que “ve” lo “invisible”. Pero lo que en verdad ocurre es que dispone por un lado de un mapa celeste, que es un símbolo visible de la totalidad, y por otro, de la experiencia de vida suficiente para haber experimen-tado los dos polos en algunos aspectos de su propia existencia [3].

[1] Es decir, un universo de significados que, si lo conectamos con el código simbólico zodiacal nos remite a la constelación de Libra o La Balanza.

[2] Dice Heráclito: “...a los demás hombres (exceptúa al sabio) les pasa desapercibido cuanto hacen despiertos, del mismo modo que olvidan cuanto hacen durmiendo” (Fragmento B1).

[3] El visitante encontrará otros desarrollos de esta temática en nuestra obra: EROS, EGOS, ECOS – EL MITO DE NARCISO, Ed. Trenkehué, 2003

Autor: Ani Zetina y Jorge Bosia
ani@trenkehue.com
jorge@trenkehue.com

Web: http://www.trenkehue.com

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